El soborno en Venezuela toma proporciones gigantescas como resultado de un sistema altamente burocratizado, pareciera que la intencionalidad estuvo presente a la hora de tomar decisiones que llevasen al país a este estado “tramitario” único, donde el ciudadano común necesite de los servicios gestores de un grupo de parásitos que lo ayuden a comunicarse con el Estado, a la medida que estos conozcan a alguien dentro de los entes del gobierno.
Como otro venezolano más me encuentro con la necesidad de recurrir al Instituto Nacional de Transporte Terrestre, en orden de obtener una constancia de experticia o mejor conocida como una revisión de datos del vehículo, requisito necesario para el trámite de compra venta en Venezuela. Sin embargo, hace unos meses atrás cuando decidí vender el carro, me recomendaron de utilizar los servicios gestores para que esta manera no tuviera que lidiar con un proceso tedioso.
Llegó el momento de realizar todas diligencias pertinentes al traspaso y evidentemente la revisión era una de ellas. Me decido irme un par de día antes a la sede principal del mencionado instituto en Valencia para buscar la información necesaria relacionada con la revisión. Me encuentro a un señor que me recomendó tener presente la diferencia de números en las cuentas donde tenían que ser depositado el dinero e ir directamente al estacionamiento que tiene el organismo en Los Guayos, le pregunté acerca de la hora recomendada y este replicó “a la 1 de la tarde en vez de irte temprano en la mañana”.
Perdido con referencias vagas de la ubicación del estacionamiento, llego al mismo como a la 1 y 15 minutos de la tarde, veo la cola de carros y camiones que se extendía por casi dos cuadras. Mientras me tomo un cafecito sentado en mi carro esperando mi turno por entrar con el carro en las instalaciones, miro a mi alrededor y me llama poderosamente la atención la calle polvorienta rodeada de barriales a ambos lados de la vía, parecía más una imagen de un pueblo olvidado propio de los Llanos venezolanos que encontrarse en medio de una ciudad tan progresista como Valencia.
La espontaneidad del venezolano es una de sus mejores atributos y este mismo se pone de manifiesto cuando intercambio un par de palabras con el vendedor ambulante de café y cigarrillos que además me entero que por el precio de 100 BsF, tiene para la venta los dos planillas necesarios para la obtención del certificado, uno por 22,80 BsF y el otro por 10,00 BsF, es decir la ganancia neta es de 67,20 BsF, nada mal tomando en cuenta que frecuentemente son devueltas personas por no haber llenado apropiadamente la planilla de depósito, una cadena de soborno que nutre hasta el más pequeño.
Luego de hacer la cola fui atendido por un par de funcionarios, si es que se pueden llamar de esta manera por la falta de identificación de al menos uno de ellos y la informalidad del trato, tomando en cuenta que en Venezuela los empleados gubernamentales tienden ser personas malhumoradas y de mal trato con el público. Para mi mayor sorpresa me estaban cargando 20 BsF por concepto de uso del estacionamiento, que aparentemente pertenece a un privado y llegó con un acuerdo con el instituto para su uso, entonces ¿A dónde va el dinero de la renta del estacionamiento,que seguramente debe estar muy alta?
Al estacionar el vehículo e ir a la taquilla te das cuenta de la inconsistencia en la información en el portal digital del instituto y la realidad, comenzando por los “ilegales” 20 BsF por uso del estacionamiento, como también el número de copias de los documentos originales. Inevitablemente debes de salir y hacer una parada en un cuarto de dimensiones medianas, con televisión de plasma, fotocopias cobradas al doble del precio y un particular olor a fritura que toma forma en los cuerpos estilo Botero de los gestores, quienes a esa hora comían uno de los cuatro platos del menú, todos con suficiente grasa para lubricar una fábrica.
En el ambiente se percibía agresividad, como también en las caras de los transeúntes y gestores quienes hacían de este local su día a día. Todo tenía relación con el tipo de mercancía que comercies, por ende una obra de arte por definición tendría un ambiente un poco más distendido y plácido, obviamente con grandes matices bohemios. Pero un estacionamiento lleno de vehículos con los motores expuestos para revisar el número de los seriales de estos y los de la carrocería, traía consigo una gran cantidad de testosterona que te embriagaba hasta hacerte escupir en el piso, como para dejar de te mirasen con ojos extraños.
Prosigue el soborno, cuando los oficiales de tránsito comienzan a ser abordados por particulares quienes los llevan a lugares más discretos y minutos más tarde ves sus carros salir más rápido de lo que el proceso te haría esperar. Escuché a un fanfarrón decirle a una pareja estacionada al mi lado derecho que por sólo 20 BsF les podrían agilizar el proceso, lo más triste para el fanfarrón fue que entre el grupo de vehículos revisados el suyo fue el último en salir.
Después de tres horas expuesto a tanto soborno, el recalcitrante sol de mediodía y el siempre presente mal genio de una funcionario que me entregó una pestaña para retirar al siguiente día el documento que justificaba todo el atropello de vivir en una sociedad injustamente llena de burocracia y vicios. Mi hermana recientemente me comentó una cita que leyó en un libro que rezaba “la burocracia no fue creada para satisfacer las necesidades del individuo”, y yo agregaría fue creada para enriquecer a los parásitos que de una forma u otra sobornan al Estado.
Termino el escrito con otra cita, esta vez de Kurowski, publicada en El Universal del 28 de abril 2011, parte de su trabajo de opinión llamado “Venezuela Indigna”, y reza “No es que haya ricos y pobres que hacen a una sociedad injusta. Es el que los ricos y los pobres lleguen a ser ricos y pobres de una manera injusta, lo que hace a una sociedad, injusta e indigna”.